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sábado, 6 de noviembre de 2021

1. LA NECESARIA FORMACIÓN SACERDOTAL. #PASTORESDABOVOVIS. San Juan Pablo II






EXHORTACIÓN APOSTÓLICA
POSTSINODAL
PASTORES DABO VOBIS
DE SU SANTIDAD
JUAN PABLO II
AL EPISCOPADO
AL CLERO Y A LOS FIELES
SOBRE LA FORMACIÓN DE LOS SACERDOTES
EN LA SITUACIÓN ACTUAL





INTRODUCCIÓN

1. «Os daré pastores según mi corazón» (Jer 3, 15).

Con estas palabras del profeta Jeremías Dios promete a su pueblo no dejarlo nunca privado de pastores que lo congreguen y lo guíen: «Pondré al frente de ellas (o sea, de mis ovejas) Pastores que las apacienten, y nunca más estarán medrosas ni asustadas» (Jer 23, 4).





La Iglesia, Pueblo de Dios, experimenta siempre el cumplimiento de este anuncio profético y, con alegría, da continuamente gracias al Señor. Sabe que Jesucristo mismo es el cumplimiento vivo, supremo y definitivo de la promesa de Dios: «Yo soy el buen Pastor» (Jn 10, 11). Él, «el gran Pastor de las ovejas» (Heb 13, 20), encomienda a los apóstoles y a sus sucesores el ministerio de apacentar la grey de Dios (cf. Jn 21, 15ss.; 1 Pe 5, 2).




Concretamente, sin sacerdotes la Iglesia no podría vivir aquella obediencia fundamental que se sitúa en el centro mismo de su existencia y de su misión en la historia, esto es, la obediencia al mandato de Jesús «Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes» (Mt 28, 19) y «Haced esto en conmemoración mía» (Lc 22, 19; cf. 1 Cor 11, 24), o sea, el mandato de anunciar el Evangelio y de renovar cada día el sacrificio de su cuerpo entregado y de su sangre derramada por la vida del mundo.




Sabemos por la fe que la promesa del Señor no puede fallar. Precisamente esta promesa es la razón y fuerza que infunde alegría a la Iglesia ante el florecimiento y aumento de las vocaciones sacerdotales, que hoy se da en algunas partes del mundo; y representa también el fundamento y estímulo para un acto de fe más grande y de esperanza más viva, ante la grave escasez de sacerdotes que afecta a otras partes del mundo.




Todos estamos llamados a compartir la confianza en el cumplimiento ininterrumpido de la promesa de Dios, que los Padres sinodales han querido testimoniar de un modo claro y decidido: «El Sínodo, con plena confianza en la promesa de Cristo, que ha dicho: 'He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo' (Mt 28, 20), y consciente de la acción constante del Espíritu Santo en la Iglesia, cree firmemente que nunca faltarán del todo los ministros sagrados en la Iglesia... Aunque en algunas regiones haya escasez de clero, sin embargo la acción del Padre, que suscita las vocaciones, nunca cesará en la Iglesia»[1].




Como he dicho en la clausura del Sínodo, ante la crisis de las vocaciones sacerdotales, «la primera respuesta que la Iglesia da, consiste en un acto de confianza total en el Espíritu Santo. Estamos profundamente convencidos de que esta entrega confiada no será defraudada, si, por nuestra parte, nos mantenemos fieles a la gracia recibida»[2].





2. ¡Permanecer fieles a la gracia recibida! En efecto, el don de Dios no anula la libertad del hombre, sino que la promueve, la desarrolla y la exige.




Por esto, la confianza total en la incondicional fidelidad de Dios a su promesa va unida en la Iglesia a la grave responsabilidad de cooperar con la acción de Dios que llama y, a la vez, contribuir a crear y mantener las condiciones en las cuales la buena semilla, sembrada por Dios, pueda echar raíces y dar frutos abundantes. 




La Iglesia no puede dejar jamás de rogar al dueño de la mies que envíe obreros a su mies (cf. Mt 9, 38) ni de dirigir a las nuevas generaciones una nítida y valiente propuesta vocacional, ayudándoles a discernir la verdad de la llamada de Dios para que respondan a ella con generosidad; ni puede dejar de dedicar un cuidado especial a la formación de los candidatos al presbiterado.





En realidad, la formación de los futuros sacerdotes, tanto diocesanos como religiosos, y la atención asidua, llevada a cabo durante toda la vida, con miras a su santificación personal en el ministerio y mediante la actualización constante de su dedicación pastoral lo considera la Iglesia como una de las tareas de máxima importancia para el futuro de la evangelización de la humanidad.





Esta tarea formativa de la Iglesia continúa en el tiempo la acción de Cristo, que el evangelista Marcos indica con estas palabras: «Subió al monte y llamó a los que él quiso; y vinieron donde él. Instituyó Doce, para que estuvieran con él, y para enviarlos a predicar con poder de expulsar los demonios» (Mc 3, 13-15).




Se puede afirmar que la Iglesia —aunque con intensidad y modalidades diversas— ha vivido continuamente en su historia esta página del Evangelio, mediante la labor formativa dedicada a los candidatos al presbiterado y a los sacerdotes mismos. 



Pero hoy la Iglesia se siente llamada a revivir con un nuevo esfuerzo lo que el Maestro hizo con sus apóstoles, ya que se siente apremiada por las profundas y rápidas transformaciones de la sociedad y de las culturas de nuestro tiempo así como por la multiplicidad y diversidad de contextos en los que anuncia y da testimonio del Evangelio; también por el favorable aumento de las vocaciones sacerdotales en diversas diócesis del mundo; por la urgencia de una nueva verificación de los contenidos y métodos de la formación sacerdotal; por la preocupación de los Obispos y de sus comunidades a causa de la persistente escasez de clero; y por la absoluta necesidad de que la nueva evangelización tenga en los sacerdotes sus primeros «nuevos evangelizadores».




Precisamente en este contexto histórico y cultural se ha situado la última Asamblea general ordinaria del Sínodo de los Obispos, dedicada a «la formación de los sacerdotes en la situación actual», con la intención, después de veinticinco años de la clausura del Concilio, de poner en práctica la doctrina conciliar sobre este tema y hacerla más actual e incisiva en las circunstancias actuales»[3].





3. En línea con el Concilio Vaticano II acerca del Orden de los presbíteros y su formación[4], y deseando aplicar concretamente a las diversas situaciones esa rica y probada doctrina, la Iglesia ha afrontado en muchas ocasiones los problemas de la vida, ministerio y formación de los sacerdotes.





Las ocasiones más solemnes han sido los Sínodos de los Obispos. Ya en la primera Asamblea general, celebrada en octubre de 1967, el Sínodo dedicó cinco congregaciones generales al tema de la renovación de los seminarios. Este trabajo dio un impulso decisivo a la elaboración del documento de la Congregación para la Educación Católica titulado «Normas fundamentales para la formación sacerdotal»[5].






La segunda Asamblea general ordinaria de 1971 dedicó la mitad de sus trabajos al sacerdocio ministerial. Los frutos de este largo estudio sinodal, recogidos y condensados en algunas «recomendaciones», sometidas a mi predecesor el Papa Pablo VI y leídas en la apertura del Sínodo de 1974, se referían principalmente a la doctrina sobre el sacerdocio ministerial y a algunos aspectos de la espiritualidad y del ministerio sacerdotal.





También en otras muchas ocasiones el Magisterio de la Iglesia ha seguido manifestando su solicitud por la vida y el ministerio de los sacerdotes. Se puede decir que en los años postconciliares no ha habido ninguna intervención magisterial que, en alguna medida, no se haya referido, de modo explícito o implícito, al significado de la presencia de los sacerdotes en la comunidad, a su misión y su necesidad en la Iglesia y para la vida del mundo.






En estos últimos años y desde varias partes se ha insistido en la necesidad de volver sobre el tema del sacerdocio, afrontándolo desde un punto de vista relativamente nuevo y más adecuado a las presentes circunstancias eclesiales y culturales. La atención ha sido puesta no tanto en el problema de la identidad del sacerdote cuanto en problemas relacionados con el itinerario formativo para el sacerdocio y con el estilo de vida de los sacerdotes. 




En realidad, las nuevas generaciones de los que son llamados al sacerdocio ministerial presentan características bastante distintas respecto a las de sus inmediatos predecesores y viven en un mundo que en muchos aspectos es nuevo y que está en continua y rápida evolución. Todo esto debe ser tenido en cuenta en la programación y realización de los planes de formación para el sacerdocio ministerial.





Además, los sacerdotes que están ya en el ejercicio de su ministerio, parece que hoy sufren una excesiva dispersión en las crecientes actividades pastorales y, frente a la problemática de la sociedad y de la cultura contemporánea, se sienten impulsados a replantearse su estilo de vida y las prioridades de los trabajos pastorales, a la vez que notan, cada vez más, la necesidad de una formación permanente.





Por ello, la atención y las reflexiones del Sínodo de los Obispos de 1990 se ha centrado en el aumento de las vocaciones para el presbiterado; en la formación básica para que los candidatos conozcan y sigan a Jesús, preparándose a celebrar y vivir el sacramento del Orden que los configura con Cristo, Cabeza y Pastor, Siervo y Esposo de la Iglesia; en el estudio específico de los programas de formación permanente, capaces de sostener, de una manera real y eficaz, el ministerio y vida espiritual de los sacerdotes.





El mismo Sínodo quería responder también a una petición hecha por el Sínodo anterior, que trató sobre la vocación y misión de los laicos en la Iglesia y en el mundo. Los mismos laicos habían pedido la dedicación de los sacerdotes a su formación, para ser ayudados oportunamente en el cumplimiento de su común misión eclesial. Y en realidad, «cuanto más se desarrolla el apostolado de los laicos, tanto más fuertemente se percibe la necesidad de contar con sacerdotes bien formados, sacerdotes santos. 



De esta manera, la vida misma del pueblo de Dios pone de manifiesto la enseñanza del Concilio Vaticano II sobre la relación entre sacerdocio común y sacerdocio ministerial o jerárquico, pues en el misterio de la Iglesia la jerarquía tiene un carácter ministerial (cf. Lumen gentium, 10). Cuanto más se profundiza el sentido de la vocación propia de los laicos, más se evidencia lo que es propio del sacerdocio»[6].





4. En la experiencia eclesial típica del Sínodo, aquella «singular experiencia de comunión episcopal en la universalidad, que refuerza el sentido de la Iglesia universal, la responsabilidad de los Obispos en relación con la Iglesia universal y su misión, en comunión afectiva y efectiva en torno a Pedro»[7], se ha dejado oír claramente la voz de las diversas Iglesias particulares, y en este Sínodo, por vez primera, la de algunas Iglesias del Este. Las Iglesias han proclamado su fe en el cumplimiento de la promesa de Dios: «Os daré Pastores según mi corazón» (Jer 3, 15), y han renovado su compromiso pastoral por la atención a las vocaciones y por la formación de los sacerdotes, con el convencimiento de que de ello depende el futuro de la Iglesia, su desarrollo y su misión universal de salvación.




Considerando ahora el rico patrimonio de las reflexiones, orientaciones e indicaciones que han preparado y acompañado los trabajos de los Padres sinodales, uno a la de ellos mi voz de Obispo de Roma y Sucesor de Pedro, con esta Exhortación Apostólica postsinodal; y la dirijo al corazón de todos los fieles y de cada uno de ellos, en particular al corazón de los sacerdotes y de cuantos están dedicados al delicado ministerio de su formación. Con esta Exhortación Apostólica deseo salir al encuentro y unirme a todos y cada uno de los sacerdotes, tanto diocesanos como religiosos.



Con la voz y el corazón de los Padres sinodales hago mías las palabras y los sentimientos del «Mensaje final del Sínodo al Pueblo de Dios»: «Con ánimo agradecido y lleno de admiración nos dirigimos a vosotros, que sois nuestros primeros cooperadores en el servicio apostólico. Vuestra tarea en la Iglesia es verdaderamente necesaria e insustituible. Vosotros lleváis el peso del ministerio sacerdotal y mantenéis el contacto diario con los fieles. Vosotros sois los ministros de la Eucaristía, los dispensadores de la misericordia divina en el Sacramento de la Penitencia, los consoladores de las almas, los guías de todos los fieles en las tempestuosas dificultades de la vida».




«Os saludamos con todo el corazón, os expresamos nuestra gratitud y os exhortamos a perseverar en este camino con ánimo alegre y decidido. No cedáis al desaliento. Nuestra obra no es nuestra, sino de Dios».





«El que nos ha llamado y nos ha enviado sigue junto a nosotros todos los días de nuestra vida, ya que nosotros actuamos por mandato de Cristo»[8].





FUENTE :



CONTENIDO GENERAL :
1. LA NECESARIA FORMACIÓN SACERDOTAL. #PASTORESDABOVOVIS. San Juan Pablo II





















sábado, 17 de julio de 2021

ELÍAS, el gran PROFETA. Antiguo Testamento (20 JULIO)


Queridos hermanos:

El profeta Elías es uno de los más grandes profetas de la Biblia, del Antiguo Testamento (A.T).

Su vida está acompañada de grandes signos proféticos y milagrosos. Sobre todo, es de resaltar su FE y el empeño que pone en realizar la MISIÓN que Dios le ha encomendado, y un punto a analizar es el MIEDO que experimenta, toda una gran lección para cada uno de nosotros, pues no muestra la humanidad del profeta.

Les recomiendo que lean los pasajes bíblicos en los cuales encontramos su historia, él aparece repentinamente con una misión a realizar y desaparece de la misma manera, arrebatado a los cielos, teniendo como testigo a su discípulo Eliseo. : 1 Reyes 17- 21  y   2 Reyes 1 - 2


Observemos y reflexionemos sobre ciertos momentos de su vida :



Sobre su 1º MISIÓN : 


  • Anuncia al rey Acab una gran sequía.
  • Esta sequía es como castigo, porque el pueblo ha abandonado el culto verdadero a Dios, y se ha ido detrás de los ídolos (paganismo y promiscuidad).
  • Luego se esconde en una cueva y es alimentado por cuervos.
  • Va a Sarepta enviado por Dios.
  • El pueblo está desfalleciendo de hambre.
  • Dios lo dirige hacia una viuda muy pobre que tenía un hijo.
  • El alimento no se acaba en su casa y resucita a su hijo.
  • Debe enfrentarse a la reina Gesabel, la que había mandado a asesinar a todos los profetas de Yahveh.
  • Elías reta a los sacerdotes de Baal, para que se evidencie uién era el Dios verdadero.
  • Dios respondió inmediatamente a Elías.
  • Posteriormente, siguen las instrucciones de Elías de matar a los 450 sacerdotes de Baal.
  • Y Dios, envía la lluvia tan esperada por el pueblo.



Sobre su 2º MISIÓN : 

  • Anuncia la muerte de Acab y de Gesabel, por mandato de Dios.
  • El Rey y su esposa habían asesinado a Nabot, para quedarse con sus propiedades.
  • Su hijo y sucesor Ocozías, se quedaría sin descendencia.
  • Describe la horrible muerte de Gesabel, su cuerpo sería comido por los perros... mientras que Acab, su sangre sería lamida por los perros..



Sobre la VIUDA POBRE DE SAREPTA :



  • Un gran milagro !! :
  • La mujer solo tiene en su hogar un poco de harina y aceite en el alcúzar...
  • Llega el profeta de Dios, y le pide que le haga unos panecillos antes de preparárselos para ella misma y su hijo..
  • Ella, le responde que sólo tiene eso...y que luego ella y su hijo morirían de hambre...
  • Elías, le dice: "no morirán"..
  • Y cada día, se alimentan, y el aceite y la harina nunca se acaban..
  • Pero, luego, su ijo se enferma y el profeta lo resucita...
  • Ella queda convertida y fortalecida en la fe del verdadero Dios. 



Sobre la VIÑA DE NABOT : 

  • Nabot era un buen hombre creyente en Dios...
  • Tenía una propiedad aledaña a las propiedades del rey Acab.
  • Eran uno viñedos muy atractivos...
  • El rey Acab le propone comprárselos, pero, él no accede...
  • Acab se sume en su ambición no satisfecha y se entristece y encoleriza..
  • Su esposa Gesabel al verlo así... toma una decisión : asesinar a Nabot y quedarse con su viña, después de todo son los reyes.
  • Y lo hace!
  • Entonces, Elías aparece anunciándoles cómo van a morir, pues Dios, detesta las injusticias...


Sobre el REY ACAB : 



  • Se casó con Gesabel, una mujer pérfida, hija del rey de Sidón.
  • Sidón se caracterizaba por el gran culto que realizaban a los dioses cananeos, paganos.
  • Al casarse con Gesabel, esta práctica pagana se introdujo en el pueblo y todos se desviaron del verdadero culto a Dios.
  • Él mismo ofrecía culto a Baal, lo cuál era un gran pecado para el reino de Israel y para él mismo...
  • Murió de la forma que le anunció el profeta de Dios.



Sobre GESABEL : 




  • Es considerada la reina más pérfida de la historia y símbolo del mal.
  • Es idólatra y de mal carácter, llena de vicios.
  • Se debe recordar que, el culto que practicaba era una prostitución sagrada, que muchas veces incluía el ofrecimiento de hijos a Baal.
  • Mandó a asesinar a los sacerdotes del Señor...
  • Igual hizo con Nabot, para quedarse con sus propiedades...
  • Persiguió despiadadamente a Elías, tanto así, que le hizo experimentar "miedo"...
  • Muere primero su esposo...
  • Ella muere como el profeta lo había a nunciado...Un punto a resaltar :
Les dejo el texto bíblico...


2 Reyes 9, 30 - 37 :

30 Jehú llegó a Izreel. Cuando se enteró Jezabel, se pintó los ojos, se arregló el cabello y se asomó por la ventana.

31 En el momento en que Jehú franqueaba la puerta de la ciudad, ella le dijo: «¿Cómo te va, Zimrí, asesino de su señor?»

32 Jehú alzó la cabeza hacia la ventana y exclamó: «¿Quién está conmigo? ¿Quién?». Dos o tres eunucos se inclinaron hacia él,

33 y él les dijo: «¡Tírenla abajo!». Ellos la tiraron abajo, y su sangre salpicó la pared y a los caballos, que la pisotearon.

34 Jehú entró, comió y bebió, y luego dijo: «Encárguense de esta maldita y sepúltenla, porque al fin de cuentas es hija del rey».

35 Pero cuando fueron a sepultarla, no encontraron más que el cráneo, los pies y las manos.

36 Volvieron a comunicárselo a Jehú, y él dijo: «Así se cumple la palabra que el Señor pronunció por medio de Elías, el tisbita. En la parcela de Izreel;

37 y el cadáver de Jezabel será como estiércol sobre los campos, de manera que no se podrá decir: Es Jezabel».



Sobre  EL DESAFÍO A LOS SACERDOTES DE BAAL : 



  • Elías quiere evidenciar al publo de la falsedad de esos sacerdotes.
  • Entonces, los reta y les propone hacer un sacrificio en iguales condiciones, para que el verdadero Dios encienda el fuego y envíe lluvia al pueblo, en el monte Carmelo...
  • Después de la invocación de los sacerdotes de Baal y sin conseguir nada de sus dioses falsos..
  • Eliseo invoca a Dios, el fuego se enciende y posteriormente después de asesinar a los 450 seguidores de Baal, viene la lluvia a Israel...
  • Lo cuál procuró la furia de Gesabel...



Sobre EL CULTO A BAAL :
  • Baal es el dios de los cananeos.
  • Ídolo de los sidonitas (Sidón)..
  • Su práctica cultual se basaba en una prostitución sagrada..
  • Se caracterizaba por la lujuria y lascivia de sus ritos, desviándose por completo de los mandatos de Dios para su pueblo.
  • Este culto se infiltró abiertamente en la cultura judía debido a la presencia de Gesabel, esposa del rey Acab de Israel...
  • Jesús llama "Beelzebú" a satanás (Mt 12,27), de tal forma que lo relaciona con "Beel zebub" (dios filisteo), recordemos que los baales en el Antíguo Testamento, son demonios disfrazándose de dioses para engañar a los hombres...


Sobre la DEPRESIÓN DE ELÍAS : 



  • Este punto es muy interesante, pues el profeta a pesar de su gran fe en el verdadero Dios no está exento de miedos, depresiones... que luego son sanadas y aliviadas por el mismo Dios. y puede experimentar su consolación...
  • Después de asesinar a los 450 sacerdotes de Gesabel, entra en un gran sentimiento de miedo...
Quiere morir y huye al desierto...
  • Pero un ángel del Señor lo consuela y le dá de comer y beber...
  • Luego, se esconde en una cueva en el monte Horeb...
  • Entra realmente en una crisis de depresión, en la cuál Dios le demuestra que se encuentra en el suave susurro del viento, pues se manifiesta en el silencio...



Sobre EL REY OCOZÍAS : 

  • Ocozías, es el hijo de Acab y de Gesabel.
  • Su reinado se caracteriza porque sigue el estilo de vida de sus padres, dando la espalda a Dios.
  • Muere sin descendencia como lo anunció Elías.


Sobre su SUCESOR, ELISEO : 



  • Elías después, del evento en el Horeb, la gran manifestación de Dios, continúa con su misión..
  • Elige como sucesor a su discípulo Eliseo, el cuál será testigo de muchos milagros..
  • Eliseo, le pide a Elías que al morir le herede su manto...
  • Y efectivamente fue así, Elías fue arrebato a los cielos y le deja en heredad su manto...es decir toda su fe y poder concedido por Dios!!...



Sobre ELÍAS EN EL NUEVO TESTAMENTO : 



  • Es mencionado en el momento de la Transfiguración. (Elías y Moisés hablando con Jesús cfr. Marcos 9,4).
  • Y en tiempos de Juan Bautista, muchos creían que era el gran profeta Eliseo.

ASPECTO TELEOLÓGICO :
  • De alguna manera, todos somos profetas.
  • Nuestro mundo va detrás de muchos dioses paganos...
  • Existe mucha confusión y muchos eligen aquello que más les atrae no importando si los distancia de Dios, de la verdadera Luz...
  • Dios sigue comunicándose con nosotros, se comunica con su pueblo, siempre lo ha hecho y siempre lo hará hasta el final de los tiempos...
  • Finalmente, Dios nos deja a nuestro libre albedrío, para que en plena libertad lo aceptemos o lo rechacemos...
  • El bien (Elías) estará siempre en constante oposición al mal (Gesabel)... la historia en esencia es la misma...
  • Habrán miedos y desolaciones, pero Dios siempre fortalece a los suyos, a "sus profetas"...
  • El mal ha estado presente siempre a lo largo de la historia de la humanidad, en apariencia puede vencer, pero en esencia nunca lo hace...



VIDEOS


A continuación les dejo unos videos muy interesantes sobre este gran profeta de Dios :

  • Papa Francesco nell'omelia: come il profeta Elia, prepariamoci a seguire Dio :


  • El Papa prosigue su catequesis sobre la oración y ala del profeta Elías :


  • Elías, el profeta de Dios :


  • Elías, Relatos anmados. Antiguo Testamento :



  • Super Libro. El Dios de Elías :


  • El profeta Elías y el rey Acab :



NOTA :

Te dejo esta PLAYLIST, para que conozcas más del profeta ELÍAS :




Queridos hermanos :

Leamos y meditemos la Palabra del Señor, "ella es una espada de doble filo"... entra y sale desangrando, pues viene a iluminar y sanear nuestros estilos de vidas, para volver siempre a la Casa Paterna...




SAN JOSÉ,

Terror de los demonios,

ruega por nosotros !!!...









miércoles, 21 de agosto de 2019

A Ustedes que, como el Cura de Ars, trabajan en la “trinchera”... FRANCISCO. (4 agosto)



CARTA DEL SANTO PADRE FRANCISCO
A LOS SACERDOTES
EN EL 160° ANIVERSARIO DE LA MUERTE DEL CURA DE ARS


A mis hermanos presbíteros.


Queridos hermanos:

Recordamos los 160 años de la muerte del santo Cura de Ars 




a quien Pío XI presentó como patrono para todos los párrocos del mundo[1]. 



En su fiesta quiero escribirles esta carta, no sólo a los párrocos sino también a todos Ustedes hermanos presbíteros que sin hacer ruido “lo dejan todo” para estar empeñados en el día a día de vuestras comunidades. 



A Ustedes que, como el Cura de Ars, trabajan en la “trinchera”, llevan sobre sus espaldas el peso del día y del calor (cf. Mt 20,12) y, 



expuestos a un sinfín de situaciones, “dan la cara” cotidianamente y sin darse tanta importancia, 






a fin de que el Pueblo de Dios esté cuidado y acompañado. 




Me dirijo a cada uno de Ustedes que, tantas veces, de manera desapercibida y sacrificada, en el cansancio o la fatiga, la enfermedad o la desolación, asumen la misión como servicio a Dios y a su gente e, 




incluso con todas las dificultades del camino, escriben las páginas más hermosas de la vida sacerdotal.



Hace un tiempo manifestaba a los obispos italianos la preocupación de que, en no pocas regiones, nuestros sacerdotes se sienten ridiculizados y “culpabilizados” por crímenes que no cometieron y les decía que ellos necesitan encontrar en su obispo la figura del hermano mayor y el padre que los aliente en estos tiempos difíciles, los estimule y sostenga en el camino[2].



Como hermano mayor y padre también quiero estar cerca, en primer lugar para agradecerles en nombre del santo Pueblo fiel de Dios todo lo que recibe de Ustedes y, 





a su vez, animarlos a renovar esas palabras que el Señor pronunció con tanta ternura el día de nuestra ordenación y constituyen la fuente de nuestra alegría: «Ya no los llamo siervos…, yo los llamo amigos» (Jn 15,15)[3].





DOLOR

«He visto la aflicción de mi pueblo» (Ex 3,7).



En estos últimos tiempos hemos podido oír con mayor claridad el grito, tantas veces silencioso y silenciado, de hermanos nuestros, víctimas de abuso de poder, conciencia y sexual por parte de ministros ordenados. 




Sin lugar a dudas es un tiempo de sufrimiento en la vida de las víctimas que padecieron las diferentes formas de abusos; también para sus familias y para todo el Pueblo de Dios.



Como Ustedes saben estamos firmemente comprometidos con la puesta en marcha de las reformas necesarias para impulsar, desde la raíz, una cultura basada en el cuidado pastoral de manera tal que la cultura del abuso no encuentre espacio para desarrollarse y, menos aún, perpetuarse. 




No es tarea fácil y de corto plazo, reclama el compromiso de todos. Si en el pasado la omisión pudo transformarse en una forma de respuesta, hoy queremos que la conversión, la transparencia, la sinceridad y solidaridad con las víctimas se convierta en nuestro modo de hacer la historia y nos ayude a estar más atentos ante todo sufrimiento humano[4].



Este dolor no es indiferente tampoco a los presbíteros. Así lo pude constatar en las diferentes visitas pastorales tanto en mi diócesis como en otras donde tuve la oportunidad de mantener encuentros y charlas personales con sacerdotes. 




Muchos de ellos me manifestaron su indignación por lo sucedido, y también cierta impotencia, ya que además del «desgaste por la entrega han vivido el daño que provoca la sospecha y el cuestionamiento, que en algunos o muchos pudo haber introducido la duda, el miedo y la desconfianza»[5]. 



Numerosas son las cartas de sacerdotes que comparten este sentir. Por otra parte, consuela encontrar pastores que, al constatar y conocer el dolor sufriente de las víctimas y del Pueblo de Dios, se movilizan, buscan palabras y caminos de esperanza.



Sin negar y repudiar el daño causado por algunos hermanos nuestros sería injusto no reconocer a tantos sacerdotes que, de manera constante y honesta, entregan todo lo que son y tienen por el bien de los demás (cf. 2 Co 12,15) y llevan adelante una paternidad espiritual capaz de llorar con los que lloran; 




son innumerables los sacerdotes que hacen de su vida una obra de misericordia en regiones o situaciones tantas veces inhóspitas, alejadas o abandonadas incluso a riesgo de la propia vida. 



Reconozco y agradezco vuestro valiente y constante ejemplo que, en momentos de turbulencia, vergüenza y dolor, nos manifiesta que Ustedes siguen jugándose con alegría por el Evangelio[6].



Estoy convencido de que, en la medida en que seamos fieles a la voluntad de Dios, los tiempos de purificación eclesial que vivimos nos harán más alegres y sencillos y serán, en un futuro no lejano, muy fecundos. 







«¡No nos desanimemos! El Señor está purificando a su Esposa y nos está convirtiendo a todos a Sí. 



Nos permite experimentar la prueba para que entendamos que sin Él somos polvo. 



Nos está salvando de la hipocresía y de la espiritualidad de las apariencias. 



Está soplando su Espíritu para devolver la belleza a su Esposa sorprendida en flagrante adulterio. 



Nos hará bien leer hoy el capítulo 16 de Ezequiel.



¡EZEQUIEL 16 !!!.... : ¡Tú sabrás que YO soy el Señor!!!


EZEQUIEL 16. Santa Sede


EZEQUIELE 16. La Santa Sede

EZEKIEL. The Holy See



Esa es la historia de la Iglesia. 



Esa es mi historia, puede decir alguno de nosotros. 



Y, al final, a través de tu vergüenza, seguirás siendo un pastor. 



Nuestro humilde arrepentimiento, que permanece en silencio, en lágrimas ante la monstruosidad del pecado y la insondable grandeza del perdón de Dios, es el comienzo renovado de nuestra santidad»[7].







GRATITUD

«Doy gracias sin cesar por Ustedes» (Ef 1,16).



La vocación, más que una elección nuestra, es respuesta a un llamado gratuito del Señor. 





Es bueno volver una y otra vez sobre esos pasajes evangélicos donde vemos a Jesús rezar, elegir y llamar «para que estén con Él y para enviarlos a predicar» (Mc 3,14).



Quisiera recordar aquí a un gran maestro de vida sacerdotal de mi país natal, el padre Lucio Gera quien,




hablando a un grupo de sacerdotes en tiempos de muchas pruebas en América Latina, les decía: “Siempre, pero sobre todo en las pruebas, debemos volver a esos momentos luminosos en que experimentamos el llamado del Señor a consagrar toda nuestra vida a su servicio”. 



Es lo que me gusta llamar “la memoria deuteronómica de la vocación” que nos permite volver «a ese punto incandescente en el que la gracia de Dios me tocó al comienzo del camino y con esa chispa volver a encender el fuego para el hoy, para cada día y llevar calor y luz a mis hermanos y hermanas. 



Con esta chispa se enciende una alegría humilde, una alegría que no ofende el dolor y la desesperación, una alegría buena y serena»[8].



Un día pronunciamos un “sí” que nació y creció en el seno de una comunidad cristiana de la mano de esos santos «de la puerta de al lado»[9] que nos mostraron con fe sencilla que valía la pena entregar todo por el Señor y su Reino. 




Un “sí” cuyo alcance ha tenido y tendrá una trascendencia impensada, que muchas veces no llegaremos a imaginar todo el bien que fue y es capaz de generar. 



¡Qué lindo cuando un cura anciano se ve rodeado y visitado por esos pequeños —ya adultos— que bautizó en sus inicios y, con gratitud, le vienen a presentar la familia! 




Allí descubrimos que fuimos ungidos para ungir y la unción de Dios nunca defrauda y me hace decir con el Apóstol: «Doy gracias sin cesar por Ustedes» (Ef 1,16) y por todo el bien que han hecho.



En momentos de tribulación, fragilidad, así como en los de debilidad y manifestación de nuestros límites, cuando la peor de todas las tentaciones es quedarse rumiando la desolación[10] fragmentando la mirada, el juicio y el corazón, 




en esos momentos es importante —hasta me animaría a decir crucial— no sólo no perder la memoria agradecida del paso del Señor por nuestra vida, la memoria de su mirada misericordiosa que nos invitó a jugárnosla por Él y por su Pueblo, sino también animarse a ponerla en práctica y con el salmista poder armar nuestro propio canto de alabanza porque «eterna es su misericordia» (Sal 135).



El agradecimiento siempre es un “arma poderosa”. Sólo si somos capaces de contemplar y agradecer concretamente todos los gestos de amor, generosidad, solidaridad y confianza, así como de perdón, paciencia, aguante y compasión con los que fuimos tratados, dejaremos al Espíritu regalarnos ese aire fresco capaz de renovar (y no emparchar) nuestra vida y misión. 




Dejemos que, al igual que Pedro en la mañana de la “pesca milagrosa”, el constatar tanto bien recibido nos haga despertar la capacidad de asombro y gratitud que nos lleve a decir: «Aléjate de mí, Señor, porque soy un pecador» (Lc 5,8) y, 



escuchemos una vez más de boca del Señor su llamado: «No temas, de ahora en adelante serás pescador de hombres» (Lc 5,10); porque «eterna es su misericordia».



Hermanos, gracias por vuestra fidelidad a los compromisos contraídos. 




Es todo un signo que, en una sociedad y una cultura que convirtió “lo gaseoso” en valor, existan personas que apuesten y busquen asumir compromisos que exigen toda la vida. 



Sustancialmente estamos diciendo que seguimos creyendo en Dios que jamás ha quebrantado su alianza, inclusive cuando nosotros la hemos quebrantado incontablemente. 





Esto nos invita a celebrar la fidelidad de Dios que no deja de confiar, creer y apostar a pesar de nuestros límites y pecados, y nos invita a hacer lo mismo. 



Conscientes de llevar un tesoro en vasijas de barro (cf. 2 Co4,7), sabemos que el Señor triunfa en la debilidad (cf. 2 Co 12,9), no deja de sostenernos y llamarnos, dándonos el ciento por uno (cf. Mc 10,29-30) porque «eterna es su misericordia».



Gracias por la alegría con la que han sabido entregar sus vidas, mostrando un corazón que con los años luchó y lucha para no volverse estrecho y amargo 




y ser, por el contrario, cotidianamente ensanchado por el amor a Dios y a su pueblo; un corazón que, como al buen vino, el tiempo no lo ha agriado, sino que le dio una calidad cada vez más exquisita; porque «eterna es su misericordia».



Gracias por buscar fortalecer los vínculos de fraternidad y amistad en el presbiterio y con vuestro obispo, sosteniéndose mutuamente, cuidando al que está enfermo, buscando al que se aísla, 
animando y aprendiendo la sabiduría del anciano, compartiendo los bienes, sabiendo reír y llorar juntos, ¡cuán necesarios son estos espacios! 




E inclusive siendo constantes y perseverantes cuando tuvieron que asumir alguna misión áspera o impulsar a algún hermano a asumir sus responsabilidades; porque «eterna es su misericordia».



Gracias por el testimonio de perseverancia y “aguante” (hypomoné) en la entrega pastoral que tantas veces, movidos por la parresía del pastor[11], 




nos lleva a luchar con el Señor en la oración, como Moisés en aquella valiente y hasta riesgosa intercesión por el pueblo (cf. Nm 14,13-19; Ex 32,30-32; Dt 9,18-21); porque «eterna es su misericordia».



Gracias por celebrar diariamente la Eucaristía y apacentar con misericordia en el sacramento de la reconciliación, sin rigorismos ni laxismos, haciéndose cargo de las personas y acompañándolas en el camino de conversión hacia la vida nueva que el Señor nos regala a todos. 




Sabemos que por los escalones de la misericordia podemos llegar hasta lo más bajo de nuestra condición humana —fragilidad y pecados incluidos— y, en el mismo instante, experimentar lo más alto de la perfección divina: «Sean misericordiosos como el Padre es misericordioso»[12]. 




Y así ser «capaces de caldear el corazón de las personas, de caminar con ellas en la noche, de saber dialogar e incluso descender a su noche y su oscuridad sin perderse»[13]; porque «eterna es su misericordia».



Gracias por ungir y anunciar a todos, con ardor, “a tiempo y a destiempo” el Evangelio de Jesucristo (cf. 2 Tm 4,2), sondeando el corazón de la propia comunidad «para buscar dónde está vivo y ardiente el deseo de Dios y también dónde ese diálogo, que era amoroso, fue sofocado o no pudo dar fruto»[14]; porque «eterna es su misericordia».



Gracias por las veces en que, dejándose conmover en las entrañas, han acogido a los caídos, curado sus heridas, dando calor a sus corazones, mostrando ternura y compasión como el samaritano de la parábola (cf. Lc 10,25-37). 




Nada urge tanto como esto: proximidad, cercanía, hacernos cercanos a la carne del hermano sufriente. 



¡Cuánto bien hace el ejemplo de un sacerdote que se acerca y no le huye a las heridas de sus hermanos![15]. 



Reflejo del corazón del pastor que aprendió el gusto espiritual de sentirse uno con su pueblo[16]; 



que no se olvida que salió de él y que sólo en su servicio encontrará y podrá desplegar su más pura y plena identidad, que le hace desarrollar un estilo de vida austera y sencilla, sin aceptar privilegios que no tienen sabor a Evangelio; porque «eterna es su misericordia».



Gracias demos, también por la santidad del Pueblo fiel de Dios que somos invitados a apacentar y, 




a través del cual, el Señor también nos apacienta y cuida con el regalo de poder contemplar a ese pueblo en esos «padres que cuidan con tanto amor a sus hijos, 



en esos hombres y mujeres que trabajan para llevar el pan a su casa, 



en los enfermos, 



en las religiosas ancianas que siguen sonriendo. 




En esta constancia para seguir adelante día a día, veo la santidad de la Iglesia militante»[17]. Agradezcamos por cada uno de ellos y dejémonos socorrer y estimular por su testimonio; porque «eterna es su misericordia».





ÁNIMO

«Mi deseo es que se sientan animados» (Col 2,2).



Mi segundo gran deseo, haciéndome eco de las palabras de san Pablo, 




es acompañarlos a renovar nuestro ánimo sacerdotal, fruto ante todo de la acción del Espíritu Santo en nuestras vidas. 



Frente a experiencias dolorosas todos tenemos necesidad de consuelo y de ánimo. La misión a la que fuimos llamados no entraña ser inmunes al sufrimiento, al dolor e inclusive a la incomprensión[18]; al contrario, nos pide mirarlos de frente y asumirlos para dejar que el Señor los transforme y nos configure más a Él.



 «En el fondo, la falta de un reconocimiento sincero, dolorido y orante de nuestros límites es lo que impide a la gracia actuar mejor en nosotros, ya que no le deja espacio para provocar ese bien posible que se integra en un camino sincero y real de crecimiento»[19].



Un buen “test” para conocer como está nuestro corazón de pastor es preguntarnos cómo enfrentamos el dolor. Muchas veces se puede actuar como el levita o el sacerdote de la parábola que dan un rodeo e ignoran al hombre caído (cf. Lc 10,31-32). 




Otros se acercan mal, lo intelectualizan refugiándose en lugares comunes: “la vida es así”, “no se puede hacer nada”, dando lugar al fatalismo y la desazón; 



o se acercan con una mirada de preferencias selectivas que lo único que genera es aislamiento y exclusión. 




«Como el profeta Jonás siempre llevamos latente la tentación de huir a un lugar seguro que puede tener muchos nombres: individualismo, espiritualismo, encerramiento en pequeños mundos…»[20], 



los cuales lejos de hacer que nuestras entrañas se conmuevan terminan apartándonos de las heridas propias, de las de los demás y, por tanto, de las llagas de Jesús[21].



En esta misma línea quisiera señalar otra actitud sutil y peligrosa que, como le gustaba decir a Bernanos, 




es «el más preciado de los elixires del demonio»[22] y la más nociva para quienes queremos servir al Señor porque siembra desaliento, orfandad y conduce a la desesperación[23]. 



Desilusionados con la realidad, con la Iglesia o con nosotros mismos, podemos vivir la tentación de apegarnos a una tristeza dulzona, que los padres de Oriente llamaban acedia. 



El card. Tomáš Špidlík 




decía: «Si nos asalta la tristeza por cómo es la vida, por la compañía de los otros, porque estamos solos… entonces es porque tenemos una falta de fe en la Providencia de Dios y en su obra.



La tristeza […] paraliza el ánimo de continuar con el trabajo, con la oración, nos hace antipáticos para los que viven junto a nosotros. Los monjes, que dedican una larga descripción a este vicio, lo llaman el peor enemigo de la vida espiritual»[24].



Conocemos esa tristeza que lleva al acostumbramiento y conduce paulatinamente a la naturalización del mal y a la injusticia con el tenue susurrar del “siempre se hizo así”. Tristeza que vuelve estéril todo intento de transformación y conversión propagando resentimiento y animosidad.




«Ésa no es la opción de una vida digna y plena, ése no es el deseo de Dios para nosotros, ésa no es la vida en el Espíritu que brota del corazón de Cristo Resucitado»[25] y para la que fuimos llamados. 



Hermanos, cuando esa tristeza dulzona amenace con adueñarse de nuestra vida o de nuestra comunidad, sin asustarnos ni preocuparnos, pero con determinación, pidamos y hagamos pedir al Espíritu que «venga a despertarnos, a pegarnos un sacudón en nuestra modorra, a liberarnos de la inercia. 



Desafiemos las costumbres, abramos bien los ojos, los oídos y sobre todo el corazón, para dejarnos descolocar por lo que sucede a nuestro alrededor y por el grito de la Palabra viva y eficaz del Resucitado»[26].



Permítanme repetirlo, todos necesitamos del consuelo y la fortaleza de Dios y de los hermanos en los tiempos difíciles. 




A todos nos sirven aquellas sentidas palabras de san Pablo a sus comunidades: 



«Les pido, por tanto, que no se desanimen a causa de las tribulaciones» (Ef 3,13); «Mi deseo es que se sientan animados» (Col 2,2), y así poder llevar adelante la misión que cada mañana el Señor nos regala: transmitir «una buena noticia, una alegría para todo el pueblo» (Lc 2,10). 



Pero, eso sí, no ya como teoría o conocimiento intelectual o moral de lo que debería ser, sino como hombres que en medio del dolor fueron transformados y transfigurados por el Señor, y como Job llegan a exclamar: «Yo te conocía sólo de oídas, pero ahora te han visto mis ojos» (42,5).


Sin esta experiencia fundante, todos nuestros esfuerzos nos llevarán por el camino de la frustración y el desencanto.



A lo largo de nuestra vida, hemos podido contemplar como «con Jesucristo siempre nace y renace la alegría»[27]. 



Si bien existen distintas etapas en esta vivencia, sabemos que más allá de nuestras fragilidades y pecados Dios siempre «nos permite levantar la cabeza y volver a empezar, con una ternura que nunca nos desilusiona y que siempre puede devolvernos la alegría»[28]. 



Esa alegría no nace de nuestros esfuerzos voluntaristas o intelectualistas sino de la confianza de saber que siguen actuantes las palabras de Jesús a Pedro: en el momento que seas zarandeado, no te olvides que «yo mismo he rogado por ti, para que no te falte la fe» (Lc 22,32). 



El Señor es el primero en rezar y en luchar por vos y por mí. Y nos invita a entrar de lleno en su oración. 




Inclusive pueden llegar momentos en los que tengamos que sumergirnos en «la oración de Getsemaní, la más humana y la más dramática de las plegarias de Jesús […]. Hay súplica, tristeza, angustia, casi una desorientación (Mc 14,33s.)»[29].



Sabemos que no es fácil permanecer delante del Señor dejando que su mirada recorra nuestra vida, sane nuestro corazón herido y lave nuestros pies impregnados de la mundanidad que se adhirió en el camino e impide caminar. 




En la oración experimentamos nuestra bendita precariedad que nos recuerda que somos discípulos necesitados del auxilio del Señor y nos libera de esa tendencia «prometeica de quienes en el fondo sólo confían en sus propias fuerzas y se sienten superiores a otros por cumplir determinadas normas»[30].



Hermanos, Jesús más que nadie, conoce nuestros esfuerzos y logros, así como también los fracasos y desaciertos. 





Él es el primero en decirnos: «Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré. Carguen sobre Ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrar alivio» (Mt 11,28-29).



En una oración así sabemos que nunca estamos solos. 



La oración del pastor es una oración habitada tanto por el Espíritu «que clama a Dios llamándolo ¡Abba!, es decir, ¡Padre!» (Ga 4,6) como por el pueblo que le fue confiado. 




Nuestra misión e identidad se entienden desde esta doble vinculación.



La oración del pastor se nutre y encarna en el corazón del Pueblo de Dios. 




Lleva las marcas de las heridas y alegrías de su gente a la que presenta desde el silencio al Señor para que las unja con el don del Espíritu Santo. 



Es la esperanza del pastor que confía y lucha para que el Señor cure nuestra fragilidad, la personal y la de nuestros pueblos. 




Pero no perdamos de vista que precisamente en la oración del Pueblo de Dios es donde se encarna y encuentra lugar el corazón del pastor. 



Esto nos libra a todos de buscar o querer respuestas fáciles, rápidas y prefabricadas, permitiéndole al Señor que sea Él (y no nuestras recetas y prioridades) quien muestre un camino de esperanza. 



No perdamos de vista que, en los momentos más difíciles de la comunidad primitiva, tal como leemos en el libro de los Hechos de los Apóstoles, la oración se constituyó en la verdadera protagonista.


Hermanos, reconozcamos nuestra fragilidad, sí; pero dejemos que Jesús la transforme y nos lance una y otra vez a la misión. 



No nos perdamos la alegría de sentirnos “ovejas”, de saber que él es nuestro Señor y Pastor.



Para mantener animado el corazón es necesario no descuidar estas dos vinculaciones constitutivas de nuestra identidad: la primera, con Jesús. 




Cada vez que nos desvinculamos de Jesús o descuidamos la relación con Él, poco a poco nuestra entrega se va secando y nuestras lámparas se quedan sin el aceite capaz de iluminar la vida (cf. Mt 25,1-13): 



«Así como el sarmiento no puede dar fruto si no permanece en la vid, tampoco Ustedes, si no permanecen en mí. Permanezcan en mi amor (…) porque separados de mí, nada pueden hacer» (Jn 15,4-5). 



En este sentido, quisiera animarlos a no descuidar el acompañamiento espiritual, teniendo a algún hermano con quien charlar, confrontar, discutir y discernir en plena confianza y transparencia el propio camino; un hermano sapiente con quien hacer la experiencia de saberse discípulos. 



Búsquenlo, encuéntrenlo y disfruten de la alegría de dejarse cuidar, acompañar y aconsejar.


Es una ayuda insustituible para poder vivir el ministerio haciendo la voluntad del Padre (cf. Hb 10,9) y dejar al corazón latir con «los mismos sentimientos de Cristo» (Flp 2,5). 




Qué bien nos hacen las palabras del Eclesiastés: «Valen más dos juntos que uno solo… si caen, uno levanta a su compañero, pero ¡pobre del que está solo y se cae, sin tener nadie que lo levante!» (4,9-10).



La otra vinculación constitutiva: acrecienten y alimenten el vínculo con vuestro pueblo. 




No se aíslen de su gente y de los presbiterios o comunidades. 



Menos aún se enclaustren en grupos cerrados y elitistas. Esto, en el fondo, asfixia y envenena el alma. 



Un ministro animado es un ministro siempre en salida; y “estar en salida” nos lleva a caminar «a veces delante, a veces en medio y a veces detrás: delante, para guiar a la comunidad; en medio, para mejor comprenderla, alentarla y sostenerla; detrás, para mantenerla unida y que nadie se quede demasiado atrás… y también por otra razón: porque el pueblo tiene “olfato”. 



Tiene olfato en encontrar nuevas sendas para el camino, tiene el “sensus fidei” [cf. LG 12].



 ¿Hay algo más bello?»[31]. Jesús mismo es el modelo de esta opción evangelizadora que nos introduce en el corazón del pueblo. ¡Qué bien nos hace mirarlo cercano a todos! 




La entrega de Jesús en la cruz no es más que la culminación de ese estilo evangelizador que marcó toda su existencia.



Hermanos, el dolor de tantas víctimas, el dolor del Pueblo de Dios, así como el nuestro propio no puede ser en vano. 





Es Jesús mismo quien carga todo este peso en su cruz y nos invita a renovar nuestra misión para estar cerca de los que sufren, 



para estar, sin vergüenzas, cerca de las miserias humanas y, por qué no, vivirlas como propias para hacerlas eucaristía[32]. 



Nuestro tiempo, marcado por viejas y nuevas heridas necesita que seamos artesanos de relación y de comunión, abiertos, confiados y expectantes de la novedad que el Reino de Dios quiere suscitar hoy. 



Un Reino de pecadores perdonados invitados a testimoniar la siempre viva y actuante compasión del Señor; «porque eterna es su misericordia».





ALABANZA

«Proclama mi alma la grandeza del Señor» (Lc 1,46).



Es imposible hablar de gratitud y ánimo sin contemplar a María. 




Ella, mujer de corazón traspasado (cf. Lc 2,35), nos enseña la alabanza capaz de abrir la mirada al futuro y devolver la esperanza al presente. 




Toda su vida quedó condensada en su canto de alabanza (cf. Lc 1,46-55) que también somos invitados a entonar como promesa de plenitud.



Cada vez que voy a un Santuario Mariano, me gusta “ganar tiempo” mirando y dejándome mirar por la Madre, pidiendo la confianza del niño, del pobre y del sencillo que sabe que ahí esta su Madre y es capaz de mendigar un lugar en su regazo. 




Y en ese estar mirándola, escuchar una vez más como el indio Juan Diego: 




«¿Qué hay hijo mío el más pequeño?, ¿qué entristece tu corazón? ¿Acaso no estoy yo aquí, yo que tengo el honor de ser tu madre?»[33].



Mirar a María es volver «a creer en lo revolucionario de la ternura y del cariño. 




En ella vemos que la humildad y la ternura no son virtudes de los débiles sino de los fuertes, que no necesitan maltratar a otros para sentirse importantes»[34].




Si alguna vez, la mirada comienza a endurecerse, o sentimos que la fuerza seductora de la apatía o la desolación quiere arraigar y apoderarse del corazón; si el gusto por sentirnos parte viva e integrante del Pueblo de Dios comienza a incomodar y nos percibimos empujados hacia una actitud elitista… no tengamos miedo de contemplar a María y entonar su canto de alabanza.



Si alguna vez nos sentimos tentados de aislarnos y encerrarnos en nosotros mismos y en nuestros proyectos protegiéndonos de los caminos siempre polvorientos de la historia, o si el lamento, la queja, la crítica o la ironía se adueñan de nuestro accionar sin ganas de luchar, de esperar y de amar… 




miremos a María para que limpie nuestra mirada de toda “pelusa” que puede estar impidiéndonos ser atentos y despiertos para contemplar y celebrar a Cristo que Vive en medio de su Pueblo. 



Y si vemos que no logramos caminar derecho, que nos cuesta mantener los propósitos de conversión, digámosle como le suplicaba, casi con complicidad, ese gran párroco, poeta también, de mi anterior diócesis: 



«Esta tarde, Señora / la promesa es sincera; / por las dudas no olvides / dejar la llave afuera»[35]. 



«Ella es la amiga siempre atenta para que no falte vino en nuestras vidas. 



Ella es la del corazón abierto por la espada, que comprende todas las penas. 



Como madre de todos, es signo de esperanza para los pueblos que sufren dolor de parto hasta que brote la justicia… como una verdadera madre, ella camina con nosotros, lucha con nosotros, y derrama incesantemente la cercanía del Amor de Dios»[36].



Hermanos, una vez más, «doy gracias sin cesar por Ustedes» (Ef 1,16) por vuestra entrega y misión con la confianza que «Dios quita las piedras más duras, contra las que se estrellan las esperanzas y las expectativas: la muerte, el pecado, el miedo, la mundanidad. 




La historia humana no termina ante una piedra sepulcral, porque hoy descubre la “piedra viva” (cf. 1 P 2,4): Jesús resucitado. 





Nosotros, como Iglesia, estamos fundados en Él, e incluso cuando nos desanimamos, cuando sentimos la tentación de juzgarlo todo en base a nuestros fracasos, Él viene para hacerlo todo nuevo»[37].




Dejemos que sea la gratitud lo que despierte la alabanza y nos anime una vez más en la misión de ungir a nuestros hermanos en la esperanza. 





A ser hombres que testimonien con su vida la compasión y misericordia que sólo Jesús nos puede regalar.



Que el Señor Jesús los bendiga y la Virgen Santa los cuide. 





Y, por favor, les pido que no se olviden de rezar por mí.

Fraternalmente,

Francisco




Roma, junto a San Juan de Letrán, 4 de agosto de 2019.
Memoria litúrgica del santo Cura de Ars.





[1] Carta ap. Anno Iubilari: AAS 21 (1929), 313.

[2] Conferencia Episcopal Italiana (20 mayo 2019). La paternidad espiritual que impulsa al Obispo a no dejar huérfanos a sus presbíteros, y se puede “palpar” no sólo en la capacidad que estos tengan de tener abiertas sus puertas para todos sus curas sino en ir a buscarlos para cuidar y acompañar.

[3] Cf. S. Juan XXIII, Carta enc. Sacerdotii nostri primordia, en el I centenario del tránsito del santo Cura de Ars (1 agosto 1959).

[4] Cf. Carta al Pueblo de Dios (20 agosto 2018).

[5] Encuentro con los sacerdotes, religiosos/as, consagrados/as y seminaristas, Santiago de Chile (16 enero 2018).

[6] Cf. Carta al Pueblo de Dios que peregrina en Chile (31 mayo 2018).

[7] Encuentro con los sacerdotes de la Diócesis de Roma (7 marzo 2019).

[8] Homilía en la Vigilia Pascual (19 abril 2014).

[9] Gaudete et Exsultate, 7.

[10] Cf. J. M. Bergoglio, Las cartas de la tribulación, Herder 2019, p. 21.

[11] Cf. Encuentro con los sacerdotes de la Diócesis de Roma (6 marzo 2014).

[12] Retiro con ocasión del Jubileo de los Sacerdotes, Primera Meditación (2 junio 2016).

[13] A. Spadaro, Intervista a Papa Francesco, “La Civiltà Cattolica” 3918 (19 settembre 2013), 462.

[14] Evangelii Gaudium, 137.

[15] Cf. Encuentro con los sacerdotes de la Diócesis de Roma (6 marzo 2014).

[16] Cf. Evangelii Gaudium, 268.

[17] Gaudete et Exsultate, 7.

[18] Cf. Misericordia et Misera, 13.

[19] Gaudete et Exsultate, 50.

[20] Gaudete et Exsultate, 134.

[21] Cf. J. M. Bergoglio, Reflexiones en esperanza, LEV 2013, p. 14.

[22] Journal d’un curé de campagne, 135. Cf. Evangelii Gaudium, 83.

[23] Cf. Barsanufio, Cartas; en V. Cutro – M. T. Szwemin, Bisogno di paternità, Varsavia 2018, p. 124.

[24] Cf. El arte de purificar el corazón, Monte Carmelo 2003, p. 60.

[25] Evangelii Gaudium, 2.

[26] Gaudete et Exsultate, 137.

[27] Evangelii Gaudium, 1.

[28] Ibíd., 3.

[29] J. M. Bergoglio, Reflexiones en esperanza, LEV 2013, p. 26.

[30] Evangelii Gaudium, 94.

[31] Encuentro con el clero, personas de vida consagrada y miembros de consejos pastorales, Asís (4 octubre 2013).

[32] Cf. Evangelii Gaudium, 268-270.

[33] Cf. Nican Mopohua, 107, 118, 119.

[34] Evangelii Gaudium, 288.

[35] Cf. A. L. Calori, Aula Fúlgida, Buenos Aires 1946.

[36] Evangelii Gaudium, 286.

[37] Homilía en la Vigilia Pascual (20 abril 2019).



FUENTE BIBLIOGRAFICA :

LA SANTA SEDE
CARTA DEL SANTO PADRE FRANCISCO A LOS SACERDOTES EN EL 160° ANIVERSARIO DE LA MUERTE DEL CURA DE ARS (several languages)



Queridos amigos :


Que esta bellísima carta de Papa Francisco, siga haciendo tanto bien en vuestra opción sacerdotal.
GRACIAS!..
por mantenerse en la LUZ de CRISTO,
por saber hacer vuestra objeción de conciencia y valientemente rechazar el mal, en cada una de sus manifestaciones, inclusive las más inverosímiles,
y para esto se requiere mucha valentía...
cómo sabemos...
ir contracorriente, es todo un ESTILO DE VIDA!!
un estilo que conduce definitivamente al CIELO!!..
GRACIAS por vuestras PRÉDICAS AUDACES,
que tanto bien nos hacen,
pero sobretodo,
GRACIAS!.. 
por vuestra EVANGELIZACIÓN...
por vuestra COHERENCIA DE VIDA!!




Nota :

les dejo una meditación excelente sobre la FAMILIA...no se la pierdan, ¡por favor!!
P. Juan Jaime Escobar.
Sacerdote escolapio.
Colombiano.